El beso del mono

agosto 29, 2019
Si besas al mono, cantará.

Imagina por un momento que no es hoy si no un día del año 2600 antes de Cristo y te entregan uno de estos objetos. No sabes lo que es. Lo examinas. Al girarlo descubres que sus líneas incisas forman el dibujo de un monito que cuelga de su cola. Nunca has visto un mono, porque viven lejos, en la selva y tú estas en Caral, en el estrecho valle de Supe, en la costa peruana. Pero reconoces el dibujo porque, por razones misteriosas, es conocido en el arte de tu tierra. En lo que sería la boca del animal, hay un agujero. Pones tus labios sobre los del mono. Soplas. Y un sonido agudo, más de bestia que de humano, lo remece todo. Es así como descubres que tapando y destapando los dos extremos de ese tubo de hueso, puedes hacer música. Con hasta 8 notas diferentes



Antes de ser una flauta, esa pieza sostuvo el ala de un pelícano. Un artista de tu tierra recogió el cadáver del animal, buscó uno de sus huesos huecos, cortó la medida que necesitaba, horadó un agujero en medio del tubo, colocó un tabique de barro en el interior (para que desvíe el aire de una forma determinada) y lo decoró, convirtiéndolo en un generador de arte. Así, gracias a la magia de los sonidos, el artista logró que un ave de la costa del Pacífico se reuniera con un mono aullador de la selva amazónica. Ese fantástico encuentro esconde algo de verdad: Los arqueólogos han recolectado evidencias de que, hace 45 siglos, Caral funcionó como un centro de intercambio comercial entre los habitantes del "norte chico", la sierra central y las cuencas del Marañón y del Huallaga, en donde aún pueden verse monos aulladores.

A muerte

agosto 25, 2019
Eres joven pero pronto tendrás que pelear. Quizá en una guerra real. Quizá en un combate ritual previamente pactado. En cualquiera de los dos casos, será a muerte. Necesitarás un arma. Una que deberás aprender a usar. Una que puedas maniobrar bien de acuerdo a la longitud de tu brazo. Una que tenga firmememente amarrada, en un extremo, una pieza maciza y contundente. Como ésta.






La estrella de piedra tiene un agujero en medio. Ahí deberás ensartar un garrote de buena madera. Tendrás que amarrarla firmemente (con lana o tripas de animal) para que no se mueva. Con esta arma podrás volarle la quijada a tu enemigo, hundirle un ojo o hacerle un hueco en el cráneo... Sí, ya sé: Suena terrible. Pero es lo que se acostumbra cuando hay que pelear en el Antiguo Perú. Buena parte de las heridas que los arqueólogos del futuro encontrarán en los huesos de tu gente no serán "fracturas de tibia y peroné" sino brutales agujeros en el cráneo, causados casi siempre por un solo y certero golpe. Uno provocado por una "cabeza de porra" como la de la imagen.

Anatomía del cuchimilco

agosto 17, 2019
Enterrar esculturas humanas fue una práctica habitual de los antiguos peruanos. Es posible que no sepamos exactamente por qué lo hacían. Lo que sí sabemos es que no hay nada "práctico" en enterrar objetos de arte para no usarlos. Es algo que solo puede estar relacionado con el mundo de las ideas o de las creencias (¿religión? ¿superstición? ¿juego ritual?) Ya en la época de Caral, cuando aún no se había inventado la cerámica,  los pobladores de Miraya, Áspero y Vichama clausuraban los edificios que no iban a usar más rellenándolos con tierra mezclada con toda clase de objetos. Entre estos, había imágenes humanas de barro crudo. Cuatro mil años después de eso, los incas enterraban estatuillas metálicas (envueltas en ropa miniatura) como parte de su rituales y sacrificios. Y entre ambos momentos de la historia, los moche, los nazca, los chimú, los lima y la mayoria de culturas arqueológicas, hicieron lo propio. Asi que los simpáticos cuchimilcos de la Cultura Chancay (1150-1500), enterrados en los valles de Chancay y Huaura, deben verse como parte de una muy vieja costumbre de los antiguos peruanos.

Un cuchimilco masculino, encontrado con parte del tejido que lo cubría. Pertenece a la colección del Museo Andrés del Castillo de Lima (Foto: Pablo Chacón)

Pequeña historia sobre los campos elevados

agosto 08, 2019
Imagina que eres un agricultor de hace 20 siglos. Vives en el altiplano del Titicaca. Va a empezar la temporada de siembra y piensas cultivar papas, ocas y quinua. Pero algo te preocupa: Los sabios del Gran Templo de Pucará (que adivinan el clima y dicen que hablan con los dioses) te han informado que se espera que este año sea más frío de lo normal. Y ya sabes que basta una sola noche de helada para que tus cultivos se arruinen. ¿Qué puedes hacer para evitar que ocurra? Una opción sería mudarte a los lejanos valles del oeste, cerca del mar. Otra: Quedarte en tu tierra y construir waru warus.

Waru warus al norte de Puno (Imagen: Liana John / FAO

¿Y eso cómo se hace? Pues... No es tan difícil, aunque vas a necesitar la ayuda de tus vecinos y amigos (es decir, de tu ayllu o comunidad). Habrá que cavar varias zanjas largas y gruesas. La tierra que saques de ahí la amontonarás a los lados. Y luego, tendrás que hacer que el agua (de los muchos riachuelos y lagunitas de la zona) circule entre las zanjas. Recién entonces podrás sembrar. ¿Dónde? Encima de los montones de tierra. Y ahí empezará la magia: Durante el día, el quemante sol de las altiplanicies calentará el agua de las zanjas. En la noche, el agua estará lo suficientemente tibia como para abrigar a tus plantitas. Así, cuando venga la helada, tu quinua y tus papas resistirán. Suena bien, ¿no te parece? Pero hay más. Las raíces crecerán rectas hacia abajo (y no tanto hacia los lados) buscando el agua que se filtra por la tierra. Y como esas raíces ocuparán menos espacio a lo ancho, podrás colocar tus plantas más cerca las unas de las otras, sin que se ahoguen mutuamente. Y a más plantas, ¡más productividad! No solo eso: Si tu sistema de circulación de agua está bien planificado, vendrán peces y ranas a vivir entre las zanjas llenas y también muchas aves a anidar y a cazar. Todos esos animales harán sus deposiciones por ahí y le darán a tus plantas los nutrientes que necesitan. ¿Qué te parece? ¿Todavía piensas mudarte?


Waru warus en uso en la orilla noreste del Lago Umayo, cerca de Puno. Hacia la izquierda de la foto se ven muchos más, cuyas zanjas-canales se inundan en época de lluvias. Imagen de Google Earth.

Las comunidades de habla quechua que hoy viven en el distrito de Huata (Puno) llaman "waru waru" a estos campos elevados. En aymara, se llaman sukakollos. En castellano, camellones. Pero no sabemos qué nombre les pusieron sus inventores, los agricultores de Qaluyo (Puno) y de Chiripa (Bolivia) que hicieron los primeros waruwarus hace casi 3000 años. Lo que sí sabemos es que fueron perfeccionándose con el tiempo y se convirtieron en uno de los pilares alimenticios de las grandes culturas del altiplano (como Pucará y Tiahuanaco) que transformaron a la fría y dura Meseta del Collao en uno de los portagonistas de la Civilización Andina.

Pero, volvamos a tu propia historia como agricultor pucará. ¿Sabes qué será lo más bonito de todo? Que los nietos de tus nietos de tus nietos podrán cultivar en los waruwarus que tú mismo construiste, 2000 años después. Como ocurre con los que salen en la foto con las que empieza este texto.

Datos

Si bien la tecnología de camellones parece haberse iniciado en el Altiplano Peruano Boliviano alrededor del año 1000 a.C. , ha sido utilizado por pueblos pre-hispánicos. No solo en mesetas de altura (como la de Bombón, en Junín) sino también en la selva alta de Bolivia (Mojos) y hasta en el sur de Colombia.


Un texto de Pablo Ignacio Chacón (2019)


Milenios corriendo olas

agosto 04, 2019

Los peruanos han surcado las olas del Pacífico desde el inicio de su historia. Como nuestra costa desértica no era muy generosa en árboles de troncos gruesos, hubo pocas embarcaciones hechas con tablones. Pero sí abundaron las balsas: Desde las enormes balsas a vela que usaron los chinchas y tallanes para comerciar con el norte de Sudamérica, hasta los "Caballitos de Totora", que hasta el día de hoy construyen los pescadores de Pimentel y Huanchaco. Como ocurría hace siglos, los caballitos se construyen amarrando firmemente los tallos de la planta, formando cilindros de hasta un metro de diámetro que se curvan hacia arriba en el extremo de la proa. Son fáciles de maniobrar y permiten a los pescadores surcar las olas de pie en su retorno a la playa, como hacen nuestros modernos tablistas de surf (que hoy, por cierto, han ganado seis medallas 🏅en los Juegos Panamericanos).

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