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Mostrando entradas de 2020

Las cuatro manos de Kotosh

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El sitio era acogedor, la gente de los alrededores, amable; no hacía mucho frío y el río Higueras (al pie de las excavación) tenía agua transparente. Seiichi Izumi pensaba que, en esas circunstancias, el rígido horario de trabajo que había ordenado para el grupo de arqueólogos que dirigía, se cumpliría sin inconvenientes. Le interesaba mucho que su equipo sea productivo. Solo iban a estar dos meses en el Perú y quería usar ese tiempo para hacer una cronología completa de los Andes Centrales en un sitio que nunca había sido excavado sistemáticamente (aunque Tello había hecho prospecciones ahí) en el viejo montículo de Kotosh.Pero ya desde el segundo día Izumi entiende que su misión enfrenta dos enemigos invencibles: El primero, el fuerte viento del este. Izumi incluso le pone un nombre: "El servicio regular" porque es extraordinariamente puntual: Todos los días arrancaba a medio día en oleadas sucesivas, derribando los trípodes, descomponiendo los montones de tierra excavada …

Las doradas narigueras de los Andes

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Siempre me intrigaron los adornos nasales que fueron hallados en las sepulturas de los Señores de Sipán (unos gobernantes moche, cuyas tumbas fueron descubiertas en el norte del Perú entre 1987 y 1991). Pues bien, algunas de esas narigueras eran tan grandes que me parecía increíble que alguien pudiera usarlas sin se le desgarre la nariz . Claro que luego aprendí que no necesariamente todo lo que se colocaba en una tumba tenía una función "práctica" en el Antiguo Perú. Imbuidos de creencias que los investigadores todavia no alcanzan a comprender del todo, nuestros antepasados colocaban, junto a sus muertos, todo tipo de objetos. No solo las cosas que podían servirles en su "otra vida" (como ropa y comida, y hasta sus mascotas) o que estaban destinadas a mantener en su sitio las partes del cadáver (como soportes metálicos para que no se les abra la quijada o sogas para amarrar los cuerpos) sino, también, muchos otros objetos que tenían un alto valor simbólic…

Las misteriosas cajas de piedra del Titicaca

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Hace 500 años, una caja de piedra fue sumergida en un arrecife del Lago Titicaca. Una llamita hecha de concha y una lámina de oro estaban guardadas dentro de la caja. ¿Quién hizo estas cosas y por qué las dejaron en el agua?
El lago de los ritualesEl Lago Titicaca, en el centro de la Meseta del Collao, entre Perú y Bolivia, fue de gran importancia económica para las antiguas culturas andinas. Su efecto termoregulador permite que, en sus orillas, se sienta un poco menos el duro frío de las altiplanicies. Al amparo de sus orillas y de los muchos ríos que desembocan en el Lago, surgieron una serie de culturas ganaderas y agrícolas.Pero el lago también era huaca, un espacio sagrado. Quizá fue la evidente influencia del agua sobre el clima lo que le dio un carácter protagonista en las creencias de estos pueblos. Viejas leyendas locales nos hablan de dioses y fundadores de imperios que emergieron de sus aguas o se perdieron en ellas. Incluso los incas, atraídos por su prestigio, le metieron…

La cerámica erótica mochica

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Cuado Rafael Larco Hoyle inició sus estudios de la antigua cerámica moche (en la década de 1940), se fue topando con muchas vasijas de temática sexual que eran sorprendentemente explícitas. Otros coleccionistas de la época las llamaban "huacos pornográficos", con un poco de gracia y otro de desdén. Pero Larco supo desde el primer momento que eran obras de arte. Como otras piezas mochica, estaban hábilmente modeladas, llenas de atención en los detalles y cuidadosamente pulidas y pintadas.

Luego de analizar todas las que pudo, hizo números y comparaciones y concluyó que la inmensa mayoría de prácticas sexuales representadas en esas piezas no tenía fines reproductivos. Es decir, lo que predominaba era formas de intercambio sexual como penetraciones anales, sexo oral y masturbación, siendo extrañamente escasas las imágenes de cópula vaginal. Se preguntó por qué. Encontró una posible explicación en una pieza famosa, que mostraba a una mujer que amamantaba a un niño en plen…

Cuando Kuélap volvió a la historia

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Si hoy conocemos este lugar es gracias a un lío de terrenos. Al juez Juan Crisóstomo Nieto, de la entonces pequeña ciudad de Chachapoyas, le pidieron resolver un pleito entre propietarios de tierras de cultivo. Mientras examinaba la remota zona en litigio, los lugareños le contaron que allá arriba, en lo alto de uno de esos cerros llenos de árboles inmensos, se ocultaba un pueblo de piedra. Curioso, Nieto fue a investigar. No sabemos cómo terminó la controversia de límites, pero sí que, cuando regresó a su ciudad, le contó a todo el mundo que había encontrado una muralla monstruosa, larguísima, increíble, en medio de la nada. Escribió también un informe alertando a las autoridades de su importancia. Menciona algunas momias intactas que encontró (y saqueó, algo que no estaba mal visto en esos tiempos). En este texto hay un dato que explica por qué algunas construcciones antiguas de la sierra peruana lograban conservarse: Los lugareños no querían acercarse por temor a las mald…

Novedades sobre el ídolo de Pachacamac

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Recientes estudios han arrojado información sorprendente sobre la pieza de madera más famosa del Antiguo Perú.


Los sacerdotes hablaron alto y claro: Pachacamac no permitiría que un extranjero ingrese en su recinto sagrado. Al español no le asustó la advertencia. El dios que temía estaba de su parte. Impaciente, se abrió paso con ayuda de su espada y penetró en la pequeña habitación, en lo más alto del templo.
¿Qué esperaba encontrar? Un tesoro a la altura de una divinidad. Pero, una vez dentro, todo fue decepción. Según relataría en su informe, se trataba de un recinto pequeño, sucio y oscuro. Olía mal. Al centro, clavado en el suelo, había un poste de madera. Pero al acercar su antorcha, no percibió en sus tallas nada parecido al fulgor del oro. Furioso, Hernando Pizarro tomó el ídolo con las manos y lo arrojó fuera, recriminando a los ministros del santuario por venerar una cosa tan ordinaria. Estos, horrorizados, condenaron el sacrilegio. Quizá pensaron que el dios, Señor…