Un espejo de 1000 años




Aunque en el Antiguo Perú no se conocía el vidrio, se hacían espejos. ¿Con qué? Con rocas oscuras, como la antracita, que se pulían tan esmeradamente que se volvían reflectantes. Se han encontrado piezas de antracita en los túneles de Chavín de Huántar y se cree que servían para reflejar la luz de las antorchas o incluso para redirigir la luz del sol hacia las galerías de piedra.

Pero los espejos también se usaban en la vida cotidiana. Un recuadro de antracita se colocó en la cara opuesta de este armazón de madera. Si observas con atención notarás que hay una serie de pequeños puntos negros en diferentes lugares del recuadro. Son agujeros en donde se colocaron pequeños clavos metálicos ¿Para qué? Muy probablemente para fijar una lámina metálica (¿de oro? ¿de plata? ¿de cobre?) que recubría la pieza y le daba un brillante acabado, repitiendo sobre el metal los diseños tallados en la madera. Algunos de los clavos todavía están allí.

Este objeto, a pesar de estar incompleto, tiene otros detalles fascinantes. En la parte superior, por ejemplo, hay cuatro cabezas talladas en el estilo simétrico y cuadriculado de los wari. Entre los años 700 y 850 de nuestra era, el pueblo wari, oriundo de Ayacucho, se expandió por buena parte del Perú, llegando a dominar durante un corto período a los valles de la costa norte, en donde vivían los últimos moche y los primeros lambayeques y chimúes.

Vista de las cabezas. Aún se notan las huellas de algunas aplicaciones. Uno de los ojos se conserva completo.


Y ahí está lo más interesante. Porque el diseño que vemos en el recuadro inferior es más chimú que wari. Ahí se distingue una balsa de totora que sostiene a un guerrero con una corona de plumas. De su boca, de los lados de su cuerpo y hasta de sus armas (un cuchillo tipo tumi para sacrificar personas y una porra) emergen cabezas de animales, algo muy común en las representaciones de los personajes fantásticos norteños, como el famoso Degollador de los mochicas, que este espejo parece evocar. Así que aquí tenemos un objeto que representa un momento crucial y poco conocido de nuestra historia: El encuentro entre el imperio wari y las culturas de la costa norte. ¿Representa la convivencia entre estos pueblos? ¿O su enfrentamiento? ¿Acaso las cabezas wari han sido "cortadas" por el dios degollador de los mochica?

Detalle del panel central


Aunque sea tentador especular, hay algo que hace muy difícil descifrar la verdad. Porque este espejo no fue encontrado en una excavación arqueológica. Fue huaqueado. No sabemos nada sobre su ubicación original ni sobre los objetos que estaban junto a él ni si estuvo metido en una tumba o fue enterrado como parte de una ofrenda. Y sin esa valiosa información (lo que los arqueólogos llaman "contexto arqueológico") no podemos reconstruir nuestro pasado.

Vista posterior de la pieza (Foto: Museo Metropolitano de las Artes - Nueva York)


Pero hay algunas cosas que podemos deducir. Este pieza debió ser encontrada en una zona seca y desértica (pues la madera no se hubiera podido conservar en la humedad), en algún lugar entre el norte de Lima y Lambayeque (que es la zona en las que se superpusieron las influencias wari y chimú) y que fue elaborada antes de que el recuerdo de los wari se perdiera (antes del año 1000). También podemos suponer que los huaqueros le arrancaron la lámina metálica que la cubría, seguramente para venderla por separado. También se deshicieron de la antracita reflectante (quizá porque le daba demasiado peso al objeto). No sabemos cuándo fue huaqueada pero sí que durante el siglo XX pasó por las manos de diversos coleccionistas hasta que en 1995 el último de ellos, un extranjero, decidió donar el espejo al Museo Metropolitano de Nueva York, entidad que lo restauró y que lo cuida hasta hoy.


Pablo Ignacio Chacón
www.antiguoperu.com

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