La profunda huella andina sobre Lima

El anciano ya había oído todo sobre los extranjeros. ¿Cómo podría no saberlo si dos años antes habían matado a Atahualpa? ¿Cómo podría no haber oído que, gracias a ese atrevimiento, habían recibido el apoyo entusiasta de varias naciones andinas que estaba hartos del dominio cusqueño? Sabía también que, junto con esos nuevos aliados —los huancas, los chachapoyas, los cañaris— habían marchado sobre la capital del imperio, tomándola y coronando a un nuevo Inca que prometía hacerles favores. Y sabía que, si ahora andaban por la costa, era porque querían encontrar un buen sitio para establecerse de manera definitiva. Pero, aunque podemos suponer todo esto, no tenemos manera de enterarnos de los dilemas íntimos de Taulichusco, el anciano. Permítanme especular. Debió pensar algo como esto: "Si eligen este valle, ¿cómo podría oponerme? ¿acaso los ychsmas de Maranga o de Armatambo no recibirían a los extranjeros y a sus aliados con los brazos abiertos?".

Los ychsma. Eran el pueblo que, desde hacía seis siglos, prosperaba en los valles de Rímac y Lurín. Pero tampoco ellos estaban felices con los incas. Habían pasado los últimos 60 años bajo el dominio de los cusqueños y, durante ese lapso, no habían vivido necesariamente mejor que cuando eran “independientes”. ¿Qué tenían que perder si se liberaban también ellos de los incas? Al anciano esa idea no podía tranquilizarlo. Porque él no era un ychsma.

Cántaro recuperado por los arqueólogos en Huaca Santa Cruz (San Isidro). Fue elaborado por alfareros ychsma durante la ocupación inca (1470 - 1532) del Valle del Rímac. Foto: Gino L. Ataucusi Arenas / Museo Josefina Ramos Cox - PUCP

 

El curaca y sus hijos

Taulichusco era, como los españoles, un extranjero. Un funcionario de segunda categoría comisionado por el imperio para administrar una parte del valle. Su familia estaba vinculada —por cierto tipo de lazo de servidumbre, aún poco entendido por los historiadores— con una de las esposas del difunto Huayna Cápac. Estaba en Lima para, entre otras cosas, controlar las bocatomas del canal de Guatca (el “río” Huatica) que salía del Rímac y aseguraba el suministro de agua en los campos que se extendían entre la margen oeste del río y las costas de lo que hoy son San Isidro, Magdalena y San Miguel. Por su edad, ejercía su labor con el apoyo de su hijo (y sucesor) Guachianiamo. Aunque no tenemos manera de saber lo que pasaba por las cabezas de ambos, es posible que creyeran que lo mejor para ellos era la negociación.

No hay registro de su encuentro con los españoles pero sí de algunos de sus acuerdos:  A cambio de mantener ciertos privilegios, Taulichusco cedió a los recién llegados algunas de sus casas, campos y sirvientes, en los terrenos de lo que hoy es el núcleo del Centro Histórico. El asunto se formalizó el 18 de enero, fecha que desde entonces se recuerda como la de fundación española de Lima. El líder de los españoles, Pizarro, trazó entonces el lugar en donde se ubicarían las futuras calles, delimitando terrenos rectangulares que se cruzaban en ángulos rectos. Los repartió entre sus colaboradores y reservó para sí mismo una de las casas de Taulichusco, donde construyó su cuartel general (en el mismo sitio en donde hoy está el Palacio de Gobierno del Perú). Llamó a su nueva ciudad Los Reyes. Y obtuvo el control del recurso más valioso del valle: Las bocatomas, no solo del canal de Guatca, sino de los Surco y Ate.

 


Monumento contenporáneo dedicado a Taulichusco,
que se alza junto al palacio municipal de Lima


Parece que Taulichusco se retiró a vivir al tambo de Magdalena (en lo que hoy es el distrito de Pueblo Libre) y desde ahí debió enterarse —sin participar— de los graves hechos de esos años turbulentos: el contraataque inca desde el Cusco, la alianza entre los españoles y los huaylas para enfrentarlos, la gran batalla de Lima en 1536, las rebeliones de los curacas de Chincha en 1539 y las posteriores peleas intestinas entre los conquistadores. Mantuvo sus privilegios hasta su muerte, que ocurrió en una fecha no determinada (pero que fue antes de 1541, cuando Pizarro fue asesinado). Pero, aunque a él no le fue tan mal, a sus antiguos súbditos les estaba yendo pésimo. No hay descripciones precisas de lo que estaba ocurriendo (¿enfermedades? ¿migraciones?), pero los mismos registros coloniales indican que el año de la fundación de Lima (1535), en la primitiva ciudad estaban empadronados 4000 hombres indígenas en edad de trabajar. Nueve años después, sólo había 1200. Y en 1556, quedaban 250.  


Guachinamo, el hijo del curaca, le sobrevivió pocos años y luego lo sucedió su hermano Gonzalo Taulichusco. Según María Rostworowski, fue él quien sufrió más gravemente las consecuencias de las decisiones de sus predecesores. Como la población de origen europeo continuaba aumentando en la novísima ciudad de Los Reyes, los indígenas locales siguieron siendo desplazados fuera del área fundada por Pizarro y las propiedades de los Taulichusco fueron confiscadas para ser demolidas. En esos terrenos se construyeron solares al estilo de los de España. Gonzalo Taulichusco se la pasó varios años litigando en los juzgados coloniales, para restituir sus derechos. Es gracias a sus papeles legalrs que los historiadores han podido reconstruir su historia y comprobar que no tuvo suerte ni justicia. No supo adaptarse bien a las nuevas reglas del nuevo mundo que estaba viviendo y a la ciudad que iba creciendo, a un ritmo incomprensiblemente rápido, en los antiguos dominios de su padre. En pocos años, del aspecto original de Lima no quedaba casi nada. Tanto así que hoy, cuando caminamos por el centro histórico de Lima, cuesta creer que quede algo de la época prehispánica. Pero claro que queda. Muchísimo. Solo que no está tan a la vista... 

La elección del lugar

Según el cronista Cobo, en esos momentos, bajo la autoridad del Santuario de Pachacamac, había 3 "pueblos grandes" en la parte baja de los valles del Rímac y del Chillón: Armatambo (Chorrillos), Maranga (San Miguel) y Carabayllo (Puente Piedra). El capitán español, Pizarro, que tenía una política de alianzas con varios pueblos andinos, evitó establecerse en ellos y escogió un "lugarejo o tambo" (según Porras Barrenechea) mucho menos ostentoso. Tenía sus razones…


 

El “lugarejo” estaba bien ubicado: Tenía cerca al puente colgante de los incas sobre el Rímac, un buen puerto a relativamente poca distancia (el futuro Callao), estaba rodeado de hectáreas de árboles frutales y gozaba de un clima que, para los hispanos, era ideal y que Cieza de León describió así en 1553: "Es una de las buenas tierras del mundo, pues en ella no hay hambre ni ni pestilencia, ni llueve, ni caen rayos, ni relámpagos, ni se oyen truenos; siempre está el cielo sereno". Está claro que la mayoría de limeños de hoy no serían tan entusiastas a la hora de describir el cielo —casi siempre gris— de nuestra ciudad.


Las huellas más ocultas

Otra razón fundamental de la elección del lugar fue el hecho de que estaba junto al cruce de dos grandes caminos. Eran vías que ya se usaban en el valle desde, por lo menos, 10 siglos antes. Los actuales jirones Quilca (que originalmente formaba una sola vía con el hoy jirón Miró Quesada) y Rufino Torrico eran parte de esos trazos. Se cruzaban en la que hoy es la pequeña Plaza Helguera, al borde de la avenida Garcilaso, en donde parece que hubo un tambo para viajeros en la época inca. En el mapa se nota claramente que estas vías se “salen” de la cuadrícula que caracteriza el centro histórico. Aunque los españoles quisieron que todas sus calles fueran perpendiculares (como se estilaba de acuerdo a sus criterios de fundación de ciudades) no podían haberlo hecho sobre estas calles sin destruirlas. Pero eran tan importantes, que las dejaron en su sitio. 

 

La Avenida Colonial también tiene un trazo precolombino. Y lo mismo pasa con otras vías por las que, siglos después, se expandiría la ciudad, como las Avenidas Túpac Amaru (con su gran curva frente a donde está la UNI) o la avenida Caminos del Inca (por algo el nombre, ¿no?) en Santiago de Surco. Ambas se construyeron sobre el Gran Camino de los Llanos, que es como los europeos llamaron al tramo del Qhapaq Ñan que corría por toda la costa peruana y la mitad norte de Chile. 

 

Pero nada definió tanto a la futura capital como la red de canales de riego. Los limeños primigenios iniciaron su construcción hace 2500 años. Fue gracias a esa obra que lograron convertir lo que era un desierto en el valle verde y bien abastecido —del que nada queda— que convenció a Pizarro de asentarse aquí. Hasta hoy sentimos su impacto. ¿Te has preguntado, por ejemplo, por qué son tan sinuosas algunas anchas avenidas de San Borja y San Isidro? Sí: siguen el trazo de los brazos secundarios que salían del canal de Sulco (hoy: "río" Surco). Pasa lo mismo con las acequias que salen del canal de Huatica.


 

Pasa lo mismo con las acequias que salen del canal de Guatca (hoy, el subterráneo “río” Huatica). Estas curvas no son un capricho sino ingeniería. Gracias a ellas, el agua mantiene una pendiente de solo 1,3 m por cada 100m, evitando así que la velocidad del agua aumente y erosione los cauces (que antes no estaban forrados de cemento como hoy).

Miren la composición de abajo. En las fotos de la izquierda se puede ver al “río” Huatica, durante la década de 1930, pasando por lo que hoy es el Jirón Huánuco en Barrios Altos, Cercado de Lima. Aunque hoy está completamente cubierto, la calle sigue sus curvas (como hemos resaltado en la imagen de la derecha, de Google Maps). Hoy, más de 2000 años después de su trazado, el río Huatica sigue corriendo (y regando) parte del centro, La Victoria, Lince, Pueblo Libre y Magdalena. Las fotos en blanco y negro son del Archivo PUCP.

 

Así que la mayoría de las acequias de Lima (esas en donde a veces arrojas tus papeles o tus puchos) fueron trazadas por nuestros ancestros. Y hoy riegan MÁS DEL 80% de las (escasas) áreas verdes de la capital. Lima le debe sus parques a su milenaria red de canales.

Como las bocatomas de los canales estaban tan del área que escogió Pizarro para establecer su cuartel general, se entiende ahora por qué decidió fundar Lima en ese sector del valle. Controlando las bocatomas, dominaba la agricultura del valle, que fue descrito por todos los cronistas del siglo 16 como... ¡un gran bosque de árboles frutales! De hecho, Lima fue zona agrícola (llena de haciendas que tenían un origen colonial) hasta la primera mitad del siglo XX cuando la ciudad se expandió vertiginosamente.

Las huellas más visibles

Pero las evidencias más obvias de la Lima original son, sin lugar a dudas, sus huacas. Así es como llamamos a los restos arruinados de viejos edificios (de piedra o de adobe) que sobreviven salpicados por toda la capital. "Huaca" es una etiqueta imprecisa pues, con ese único nombre, metemos en el mismo saco cosas tan distintas como restos de templos, caminos, cementerios y hasta CIUDADES ENTERAS como Cajamarquilla. Además de demolerlas en busca de tesoros, los españoles las usaron como hitos para delimitar sus haciendas (futura base de los límites distritales de Lima).

 


 

La palabra huaca distorsiona el tiempo, pues equipara monumentos de épocas distintas. Por ejemplo, ¿sabías que ha pasado más tiempo entre la construcción de las huacas Paraíso y Pucllana que entre la de MachuPicchu y tu casa?

Hay restos de huacas junto a las torres de los barrios más pudientes como en medio de los arrabales. Parece que pocas cosas hermanan más a los limeños—una sociedad rota y desigual— como sus cielos grises y sus huacas. Durante cinco siglos las huacas fueron arrasadas sin piedad por los ladrones de tumbas (que las asaltaban por las noches), los terratenientes (para sembrar sobre ellas), las ladrilleras (que las usaban de cantera), las compañías urbanizadoras, las mafias de traficantes de terrenos, los funcionarios sin visión (que autorizaban construir donde no se debía), los alcaldes corruptos, la ignorancia (que campea), el prejuicio (que todo lo quiebra) y las fracturas mismas de la sociedad peruana, que lleva 5 siglos arrimando a sus pobres en los descampados y obligándolos a usar las huacas como basural, como cimiento y como refugio.


 


Así, Lima se ha hecho a punta de tumbar huacas y de construir encima de ellas. La extensa capital del Perú es una lápida monstruosa que ha caído sobre su pasado para aplastarlo y olvidarlo. Pero hay esperanza. En las últimas tres décadas prendió, por fin, la conciencia de cuidar y estudiar lo que quedaba de estos monumentos. Muchas huacas han merecido ya serias investigaciones arqueológicas y algunas, incluso, se han convertido en espacios públicos, relativamente protegidos, integrados a los vecindarios y habilitados para el turismo a pequeña escala.

 

 


 

Hay huacas muy pequeñas, que hoy se erigen —en vez de pérgolas o estatuas—  en el medio de los parques... ...y otras, inmensas que, de no ser por los edificios circundantes de concreto, dominarían todavía el paisaje de la ciudad.

 


 

Las hay con museos de sitio (que permiten conocer los detalles de su historia)… y las que funcionan para hacer eventos para las  comunidades de vecinos, sin que eso impida que los arqueólogos hagan su trabajo.

 


Claro que aún hay muchas huacas desprotegidas y en peligro de desaparecer. Por eso es fundamental hablar (y escribir)  sobre ellas, para que más personas entiendan que ese muro amorfo y derruido que tenemos en el barrio no es estorbo, sino herencia. Un regalo que nos han dejado los abuelos para que nunca olvidemos quiénes somos y de dónde venimos.


Pablo Ignacio Chacón, 2021
@pablohistorias


Bibliografía

Casareto, Dante y Maritza Pérez: El río Rímac, el Valle de Lima y el uso del agua en el mundo prehispánico. En: "Rímac: Historia del Río Hablador". Lima: Municipalidad de Lima, 2016

Centurión Cancino, Evelyn: Gestión cultural y patrimonio edificado en un contexto urbano: Estudio de caso "Sitio Arqueológico Huaca Huantille". Devenir Vol 17 No 13. Lima, Universidad Nacional de Ingeniería 2020. Disponible en : http://www.revistas.uni.edu.pe/index.php/devenir/article/view/927/1232

Bromley, Juan: "Las viejas calles de Lima". Municipalidad de Lima, 2019. https://www.munlima.gob.pe/images/las-viejas-calles-de-lima.pdf

Porras Barrenechea, Raúl: "La raíz india de Lima", publicado en "El legado quechua" (antología de artículos). Lima: Fondo editorial UNMSM, 1999.

Lizaraburu, Javier: "Canales Surco y Huatica: 2000 años regando vida". Lima: Limaq Publishing, 2018. 

Regal, Alberto: "Caminos incaicos y coloniales de Lima y Callao". Publicado en "El Comercio", enero de 1954.

Rostworowski, María: El rostro andino de Lima. Publicado en "El Comercio", 1981. Accesible aquí: https://elcomercio.pe/eldominical/rostro-andino-lima-maria-rostworowski-noticia-632031-noticia/

Lima y sus calles milenarias. Entrevista a David Pino. Publicado en "El Peruano". Puede accederse aquí: https://elperuano.pe/noticia/86570-lima-y-sus-calles-milenarias 

  



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