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Mostrando entradas de noviembre, 2021

De zorros y dioses

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En estos días se ha hablado mucho de un zorrito perdido en el caos de la capital peruana. Se diseñaron memes, se contaron chistes y se inventaron cuentos sobre él. No es algo nuevo: Hablar de zorros metidos en problemas también era frecuente en el Antiguo Perú.  Diseño de zorro tomado de una pieza de cerámica nazca (100 a.C. - 800 d.C.) Antes de seguir, pongamos algunos temas en contexto: El zorro andino ( Pseudalopes culpaeus o Lycalopex culpaeu s) siempre fue importante en la cosmovisión de los pastores. Sigiloso y astuto, ataca a los cuyes y a las crías de llamas y alpacas. De ahí su imagen pendenciera y profanadora en los viejos mitos. Pero, aunque es considerado un intruso en el mundo de los humanos, se le respeta en su ambiente natural. Para los pastores aymaras es el "perro de los mallkus" (espíritus de la montañas) o el "perro de los gentiles", o sea, de los antepasados no cristianos y por eso cuida de las ruinas y olos sepulcros antiguos.     

Chambi en la ventana

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    Hay cosas que ya no puedes hacer. Por ejemplo: sentarte en la abertura norte del templo de las tres ventanas de Machu Picchu para sacarte una foto como esta. Hoy sería algo que no solo molestaría a los guardaparques (que te llevarían hasta la entrada del centro arqueológico, castigado) sino que constituiría un acto de vandalismo. Porque, imagínate, si los miles de turistas que acuden a diario a este lugar hicieran lo mismo, el extraordinario y preciso rompecabezas que los alarifes incas armaron aquí, se maltrataría. Inevitable, irreversiblemente.   Pero Martín Chambi podía darse esos lujos. Se ganó el derecho. No había turistas en 1923 cuando se hizo este selfi con una máquina voluminosa y pesada. Tampoco tren, ni camino de subida por el cerro. Nada. Llegó, por sus propios medios hasta Machu Picchu, sin que nadie se lo encargue ni se lo pida ni se lo pague, con lo que ganaba como retratista de sociedad en el Cusco, donde hacía tres años había inaugurado su estudio y en donde empeza

Las dos muertes del ancestro

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  No sabemos su nombre ni de qué vivía. Pero sí que su cuerpo nunca estuvo bajo tierra, que vivió en el altiplano peruano-boliviano (hace entre 5 y 7 siglos) y que tenía unos 35 años. También sabemos que tuvo dos vidas. Y dos muertes. Esta es su historia. El cuerpo La canasta que envuelve su cuerpo, de fibra vegetal, solo dejaba al descubierto los dedos de los pies y la cara, aunque la parte que le servía de “capucha” se descosió, desprotegiendo el cráneo. En todo caso eso sirve para deducir, a primera vista, que procede del altiplano, pues esta era la armazón funeraria típica de las culturas aymaras y puquinas que prosperaron ahí tras la caída del estado Tiahuanaco, allá por el año 1100 de nuestra era. Que el rostro estuviera descubierto era importante porque, solo así, el difunto podía "comer", "beber" y hasta “charlar” con sus parientes, pues era tradición entre los pueblos del sur andino acudir a visitar a los muertos en fechas determinadas de su calenda