La caída del Inca


Ocurrió hace exactamente 487 años.

Aunque algo polémicos, tenemos los testimonios de seis testigos presenciales de los hechos. Otras ocho personas escribieron sobre los mismos acontecimientos luego de entrevistar a quienes participaron en ellos. Pero, a pesar de tal cantidad de informaciones (casi todas hispánicas), aún hay aspectos contradictorios, oscuros y desconocidos de lo que ocurrió esa tarde en Cajamarca. En algunos testimonios se nota la exageración de la propaganda. En otros, la omisión inexplicable de detalles que podrían resultar esclarecedores. Los historiadores llevan casi cinco siglos discutiendo cómo pudo pasar lo que pasó. Pero también hay varios consensos:

Una pintura de Juan Lepiani, de 1927 que intenta reflejar el acontecimiento. Ahí hay algunos errores, como las construcciones de fondo (impropias de los incas) y la presencia simultánea del cura y los atacantes; pero el cuadro acierta en la actitud seria de Atahualpa (que todas las crónicas destacan) y en el estupor de sus porteadores. Nótese también la idea del crepúsculo. El sol no aparece, lo que podría ser una alegoría del ocaso de los incas.


1. Atahualpa estaba acampando con su ejército en Pultumarca, en el Valle de Cajamarca. Solo estaba de paso, haciendo una escala en su marcha hacia el Cusco, la capital del imperio que todavía estaba en manos de sus rivales huascaristas. Esperaba derrotarlos en las siguientes semanas. Era un líder victorioso: Venía de ganar batallas importantes.

2. Fue visitado en su campamento por Hernando Pizarro (hermano de Francisco) y Hernando de Soto quienes le pidieron, a su vez, devolverles la visita. Los españoles estaban refugiados en la cercana llacta de Cajamarca. El inca no se mostró impresionado por las piruetas que de Soto hizo con su caballo, intentado sorprenderlo. Aceptó la invitación.

3. Al día siguiente, 16 de noviembre, acudió al encuentro de la manera más ostentosa que pudo y sin ninguna precaución, confiado y arropado por un gran séquito de cortesanos. Su actitud (¿arrogancia?, ¿ingenuidad?, ¿simple ignorancia de las formas de la guerra occidental?) le costó muy caro. No previó una emboscada. La prueba de ello es que su general Rumiñahui permaneció acantonado con el grueso de sus tropas en las afueras de la ciudad. El Inca debió creer que su superioridad numérica y el esplendor de su séquito eran suficientemente disuasivos. Según Titu Cusi Yupanqui (cuya crónica es la única versión andina de estos hechos escrita durante 40 años siguientes) los acompañantes del Inca no llevaban armas de guerra sino solo cuchillos de mano para sacrificios. Las crónicas españolas describen a los acompañantes de Atahualpa en términos muy distintos a como describieron el ejército que vieron los Hernandos en la víspera. Hablan de una multitud ruidosa, aparatosa, ceremonial. Salvo una posible guardia personal, parece que el Inca ingresa a la plaza sin una fuerza militar.

4. La plaza, de trazo trapezoidal, no era un terreno abierto sino cercado por sus cuatro costados y solo tenía algunas puertas de acceso. El inca la encontró "vacía" pues los castellanos estaban ocultos dentro de las kallanakas (edificios alargados de varias puertas) que rodeaban la plaza, ya montados sobre sus caballos. Solo salieron a recibirlo el sacerdote Vicente de Valverde y uno de sus intérpretes (Martinillo de Poechos). El cura le hizo al inca "el requerimiento", un legalismo español en el que le pedía que se someta al dios cristiano. En el intercambio de palabras, marcado por la incomprensión cultural, el inca rechazó un breviario (y no una biblia, como suele decirse) que el religioso llevaba. Valverde, asustado, corrió hacia las kallanakas, dando voces.



5. En ese momento sonaron disparos y salieron los jinetes ocultos, repartiendo lanzazos y mandobles a los andinos, mientras el cañón de Pedro de Candia, hacía retumbar la plaza. Todas esas cosas (jinetes embistiendo, armas de fuego resonando y un comportamiento incomprensible para los andinos, acostumbrados a la diplomacia ritual) resultaban nuevas e inesperadas para los ocupantes en la plaza que, de manera instintiva, dudaron y retrocedieron. Los caballos llegaron hasta el inca sin resistencia y lo derribaron.

6. En ese momento se produjo la estampida. Cajamarca era una plaza cercada y los hombres que huían se apiñaron contra los muros y en su mayoría murieron aplastados (como suele ocurrir hasta hoy con las multitudes que huyen en espacios cerrados). Los españoles se sorprendieron de la escasa resistencia de esos hombres y repartieron sablazos a placer. Fue una masacre. El inca fue tomado prisionero.

El acontecimiento rompió el aura de "invencibilidad" que durante cien años (desde la mítica victoria ante los chancas) habían tenido los incas en Sudamérica Occidental. Al oír de la hazaña de los recién llegados, curacas de diferentes naciones andinas, que luchaban por su independencia del Cusco, acudieron a Cajamarca a ofrecerle tropas y amistad a los castellanos. El nuevo ejército andino-español se tomaría todavía dos años más en tomar la capital del imperio herido. Y otros dos más (hasta 1536) para vencer la resistencia organizada en los alrededores del Cusco. Pero solo en 1572, es decir, cuarenta años después de la captura de Atahualpa, acabaría la guerra con la ejecución del último inca de Vilcabamba. Para entonces el Tahuantinsuyo ya tenía otro nombre, otra forma de organización y otros dueños.



Pablo Chacón
antiguoperu.com

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