El secreto del oro pintado



El oro no se oxida, resiste bien el paso del tiempo, brilla sin necesidad de pulirlo y es un bien de difícil acceso. Quizá por eso, tanto en el mundo actual como en el antiguo Perú, los ornamentos de oro eran atributos de las personas que tenían mucho poder. Entonces, ¿por qué ocultar el oro detrás de una capa de pigmento? Hoy parece una idea tonta, algo absurdo, imposible. Pero hace diez siglos, los habitantes de los bosques secos del departamento de Lambayeque pintaban de rojo las máscaras de oro que les colocaban a sus muertos. Se ha especulado mucho sobre las razones. Pero una reciente investigación, realizada a partir de la máscara de la imagen (que cubrió el rostro del llamado señor de Sicán), podría darnos nuevas pistas para resolver este misterio.

Pero antes, pongamos a esta máscara en su contexto, para entender mejor su historia.

Batán Grande

Entre los años 700 y 1000 de nuestra era, en Batán Grande, en medio del bosque de Pómac, se levantaron los templos y palacios de los señores lambayeque (o sicán). Se cree que dirigieron una sociedad que prosperó al convertirse en el mayor productor de bronce arsenical de los Andes Centrales de su tiempo. Los arqueólogos han encontrado abundantes restos de los hornos con los que construían esa aleación, un material tan duro que logró reemplazar en algunos casos a las herramientas de cobre que se usaron en tiempo pasados.

No solo eso: la zona está llena de inmensos artefactos de piedra que sirvieron para moler minerales. Es precisamente de esos "batanes grandes" de donde proviene el nombre moderno del lugar. El ambiente boscoso proporcionaba el combustible suficiente. Y las técnicas (sencillas pero efectivas) de soplado a pulmón a través de largos tubos que desarrollaron los lambayeque fueron suficientes para generar las altas temperaturas requeridas por los metalúrgicos para desarrollar su industria. Es posible que la comercialización del bronce diera a los dirigentes su poder e influencia, que se hizo sentir en sitios tan distantes como la costa sur, aunque su poder político no se extendiera mucho más allá de las fronteras del actual departamento de Lambayeque. La riqueza que les procuró su producto estrella permitió a los reyes sicán tener el privilegio de atesorar inmensas cantidades de metales preciosos (oro y plata, principalmente) con los que se harían enterrar debajo de sus grandes pirámides de adobe. 

Pero estos cementerios serían brutalmente saqueados durante los siglos siguientes. Es de ahí de donde proviene la gran mayoría de tumis y máscaras doradas que hoy, erróneamente, aún muchas personas atribuyen a sociedades posteriores (como las de los chimúes o los incas). En la primera mitad del siglo XX los huaqueros, traficantes y hacendados que los auspiciaban, llegaron a utilizar máquinas agrícolas (incluidos bulldozers) para arrasar estas tumbas. ¡Cuántos edificios, artefactos e información invaluable se habrán perdido entonces! Es la tragedia de la arqueología peruana: cuando los especialistas llegan, suele ser demasiado tarde. Pero, a veces, ocurren milagrosas excepciones, gracias a la intuición y trabajo duro de los profesionales del pasado...



El descubrimiento

En1991 un equipo de arqueólogos dirigido por Izumi Shimada y Carlos Elera logró encontrar una tumba de élite lambayeque. Estaba intacta y a 15 metros de profundidad, en la base de la hoy llamada Huaca El Oro. Nuestra máscara estaba ahí, junto con otros muchos objetos extraordinarios. Estaba adherida al rostro de un personaje hoy conocido como señor de Sicán (no confundir con los señores de Sipán, que eran moche y de como seiscientos años ante). Era un hombre de unos 40 años, fuerte y de huesos anchos. Estaba sentado al fondo de la tumba,  pero con el cuerpo invertido (la cabeza hacia el piso) y el cuello doblado en una posición imposible (de hecho la cabeza fue cuidadosamente cercenada como parte de la preparación del cadáver ante de ser "resinsertada" en su posición "correcta"). La máscara, en cambio, sí estaba en una posición "normal". Fue la primera de su tipo excavada arqueológicamente. Porque sí: casi todas las otras que conocemos (pintadas o no de rojo pero del mismo diseño general), con sus característicos ojos alados, frente plana y orejeras redondas, proceden de cementerios saqueados. 


La máscara, de cerca


Está hecha con una sola lámina de oro al 52% y tiene 0,5 mm de espesor, con colgantes e incrustaciones de piedras semipreciosas. Lo rojo es cinabrio (sulfuro de mercurio) un mineral tóxico y muy usado en los Andes antiguos para preservar los huesos de los muertos. Pero cuando la tumba fue descubierta, los arqueólogos se quedaron con una pregunta sin resolver: ¿cómo lograron fijar el cinabrio (que no es pegajoso) a un elemento extremadamente liso como el oro pulido? ¿y cómo pudo seguir unido a él durante 10 siglos? De hecho, el mercurio contenido en el cinabrio estaba tan integrado a la pieza que debilitó su estructura metálica.


Un equipo de científicos (que incluyó a Izumi Shimada, el hombre que dirigió las excavaciones hace 30 años) decidió, este año, resolver el enigma. Sometió una pequeña muestra del pigmento a diversos análisis químicos. Descubrieron que las sustancias mezcladas con el cinabrio incluían proteínas animales. Por un lado había albúmina de huevos de ave. Aunque no se ha podido precisar con seguridad de qué especie se trata, se sospecha de los huevos de pato criollo (Cairina moschata). Pero había algo más...

El ingrediente inesperado


Lo verdaderamente interesante de esta historia es que también encontraron proteínas de sangre humana. Pero, ¿por qué? La clara de huevo como aglutinante basta y sobra para darle adherencia a los pigmentos. ¿Por qué agregar el otro ingrediente? Todo parece indicar que la respuesta ya no tiene nada que ver con el mundo de lo práctico ni de lo funcional sino con algo simbólico (¿mágico? ¿religioso?). Así como en algunas creencias modernas se impregna a los muertos con el humo del incienso o se rocían los ataúdes con agua bendita (elementos que "no sirven" para propósitos prácticos y que solo usan por razones religiosas), es posible que mezclar sangre humana (¿de quién? ¿del mismo muerto? ¿de alguien más?) con la pintura de la máscara mortuoria haya tenido un significado profundo para quienes lloraron al señor de Sicán.


Shimada cree que esto tendría relación con el "renacimiento" del hombre en la otra vida (¿sangre=fuerza vital?), aunque eso es difícil de probar. Quizá (esto ya es una especulación) los lambayeque pensaban que, así como el cinabrio preserva los huesos, la sangre mezclada con él también podría durar más allá de la muerte: sangre eterna para seguir viviendo. Cuando pintaron la máscara de rojo no estaban pensando en "esconder" el brillo del oro, sino en darle un valor adicional que no tendría con su color original.

Pero mejor aterricemos: no existe análisis químico capaz de revelarnos cómo pensaban nuestros ancestros.Reconstruir las ideas de los antiguos pueblos andinos es un tarea ardua que necesita, más que especulación, evidencias. Y los expertos aún están muy lejos de encontrarlas.


 

Fuentes:

 

Un texto de Pablo Ignacio Chacón

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