Secuelas del saqueo

 


Hace unos días la policía del Cusco allanó una vivienda e incautó cajas que contenían miles de objetos precolombinos. Más allá de si hay o no un tema delictivo de por medio (pues uno de los detenidos asegura que todo es "legal"), quería comentar aquí, usando varias fotos del operativo, cómo el tráfico de bienes arqueológicos nos afecta a todos.
 
[Por cierto, la primera imagen es una dramatización. Les juro que ningún ídolo chimú ha sido lastimado para la elaboración de la serie de imágenes que aquí empieza 😅]
 
 
 

Esta momia era uno de los objetos incautados. Puede que sea valiosa para el mercado negro. Pero, para la arqueología, su presencia en esa caja es una tragedia. El cuerpo se había conservado bien, pero está claro que así, envuelta en periódicos y bolsas no iba a durar mucho. ¿Viene acaso de los desiertos de la costa sur (cuya sequedad habitual era elegida por nuestros ancestros para que conserven los cadáveres)? ¿viene de una chulpa en las alturas? ¿Junto con qué objetos fue enterrada? ¿Tuvo ropa? Podríamos estudiar su ADN para saber qué comía o buscar pigmentos en su piel para saber si la decoraba. Pero ¿de qué nos sirve todo eso si o sabemos dónde vivió ni si fue enterrado/a con alguien más? (lo que podríamos decirnos algo de sus relaciones sociales) ¿Fue un pescador? ¿un gran sacerdotisa ? ¿Qué ropajes, más allá de esa vincha, la/lo envolvían? ¿Se imaginan todo lo que podrían aprender los arqueólogos de esta persona si la hubieran encontrado en su contexto original? Y, claro, es un ser humano. No un florero que podamos envolver con periódicos.
 

 
Y miren esta pieza... ¡Tiwanaku clásico! Se conocen pocos sitios de esta cultura en la sierra peruana. ¿de dónde provendría? Si es del departamento del Cusco, sería todo un acontencimiento pues podría ayudarnos a resolver el viejo misterio de los "límites" entre los estados Wari y Tiwanaku (que estaban, por lo que sabemos, en alguna parte al sur del abra de La Raya). ¿o quizá viene de terreno seco? ¿Quizá de Moquegua o del norte de Chile? En ese caso, podría haberse conservado algo de los elementos que originalmente contenía (¿cenizas? ¿sedimentos de líquidos o comida?) que nos podrían dar muchísima información y saber si fue usado como sahumador (pues hay objetos similares con esa función) o no. Pero seguro que esta pieza fue lavado y limpiada luego de su "extracción"... y no tendremos nunca la información que nos falta. Finalmente, ¿salió de un pozo de ofrendas? ¿de una tumba? Ni idea. Porque esas cosas no le importan a los huaqueros ni a los coleccionistas clandestinos. Solo que sea bonita y que luzca bien en la vitrina de una sala. Claro, dirá alguno: al menos nos queda el arte. Sí. Pero su valor histórico se ha esfumado.
 

 

¿Y esta corona de plumas? No sé sí el soporte es de plata. Pero... a ver: son plumas de colores (¿de aves amazónicas? ¿de la costa tropical ecuatoriana?) y solo podrían haberse conservado tanto tiempo si es que la pieza hubiera estado en el desierto o en el hielo (donde no hay aves con tanto verde, amarillo y rojo). Imagínense lo que podríamos saber sobre el comercio de plumas entre las distintas regiones del Antiguo Perú y, también, lo que eso podría decirnos sobre las ocupaciones de la gente si conociéramos su procedencia exacta.

¿Y quién llevó puesta la corona de esta caja ? ¿un dignatario de la costa (podría ser por la forma en media luna del tocado)? ¿o un niño sacrificado en los nevados del sur? (que usaban, como la famosa Dama de Ampato, tocados de plumas semejantes). Quizá algo pueda deducirse del estilo o de los materiales. Pero está claro que hemos perdido muchísima información.
 
 
 
 

 
 Un pequeño paréntesis, para para contrastar. Este es un penacho de plumas de la cultura Chancay, enterrada en la costa central y que está en el Museo Amano de Lima. Es una pieza hermosa pero, lamentablemente, tampoco se conoce su contexto arqueológico original. Es un problema que ocurre con muchas piezas en los museos, que fueron adquiridas en otros tiempos, cuando la arqueología estaba menos desarrollada o cuando la ley lo permitía. Lo ideal sería que las piezas que ingresen a los museos en el futuro sean de contextos estudiados. Ahora sí, sigamos con las piezas del Cusco...
 

 
Esta es una de las varias cabezas cortadas y momificadas que se encontraron durante el allanamiento, muy posiblemente nazca. Noten el agujero en la frente (probablemente usado para pasar una cuerda, cosa que sabemos porque hay ejemplares con cuerdas en otras colecciones). Bien, de aquí también emerge un montón de preguntas. ¿Formó parte del relleno-ritual de una construcción (como las que se han encotrado en Cahuachi)? ¿o iba como ofrenda en la tumba de alguien? ¿de quién? ¿por qué?

Ojo que el asunto de la cabezas trofeo es uno de los grandes problemas de la arqueología de la costa sur peruana. Están sobrerrepresentadas en el arte del sur, pintadas en las vasijas y bordadas en los tejidos. Pero, aunque se conocen muchos ejemplares (pues son muy valoradas por los coleccionistas que mueven el mercado negro y también por los que se dedican al ocultismo) se han encontrado muy pocas en contextos arqueológicos intactos. ¡Qué útil hubiera sido saber de dónde provenía! Quizá hubiéramos podido acercarnos a entender quién fue esta persona y por qué su cuerpo fue tratado de esa manera.
 
 
 
 

Solo para verificar la idea, veamos esta pieza Nazca, del museo Amano. En este caso, un personaje muy elegante, sostiene una cabeza cortada entre sus manos. Pero en otras piezas también lo hacen seres sobrenaturales. Se cree que son cabezas de prisioneros de guerra aunque es algo muy difícil de comprobar. Solo entendiendo la relación entre cabezas reales y los lugares en los que son encontradas, podría aclararse un poco el misterio. Por eso, una cabeza en una caja, no nos ayuda mucho.
 
 

8) Se calcula que había 4 mil piezas, por lo menos, en la casa intervenida. Pero este, como todos saben, no es un asunto nuevo. Llevamos 5 siglos perdiendo nuestra herencia. Desde nuestro primer contacto con el viejo mundo, los cementerios, templos y pozos de ofrendas de los Andes han sido saqueados sin parar. Sus metales, fundidos; sus tejidos, desgarrados; sus esculturas, arrancadas.
 
 
 
 
Es cierto que a partir del siglo 19 empezaron a valorarse sus cualidades artísticas y ya no se destruían. Pero las obras de arte y los cuerpos humanos de los pueblos perdidos, de regiones y épocas distintas, fuera de su contexto, se amontonaban, juntos y revueltos, en condiciones que solo aceleraban su destrucción, en las repisas de coleccionistas y museos, (locales y extranjeros), que directa o indirectamente estimulaban y financiaban a los saqueadores. Sí, es cierto que eran otros tiempos y las leyes lo permitían. Y que fue una triste (pero valiosa) oportunidad de obtener recursos para mucha gente de clases desfavorecidas en varias zonas del país. Pero ya no se puede huaquear y vender. Ahora es delito. Y nos daña.
 
 
Las antiguas culturas de los Andes no dejaron documentos escritos. Casi todo lo que sabemos sobre ellas (al menos las anteriores al tiempo de los incas) se lo debemos a la arqueología. Pero sigue siendo poco. Sin la información que nos roba el tráfico de bienes arqueológicos se nos complica conocer a los que hicieron los canales norteños, los acueductos del sur o las terrazas de las laderas de las montañas... ¡que aún usamos!
 
 
 
Sin datos, ¿cómo saber qué hicieron para domesticar llamas y alpacas; deshidratar alimentos en las alturas; inventar aleaciones o dorar la plata, domar la papa, el maní, el camote, la lúcuma, la quinua, la chirimoya, y tantas variedades de maíz, frijoles, calabazas….

Cada vasija, cada hueso huaqueado, nos aleja de la posibilidad de responder a las grandes preguntas que hace cinco siglos nos hacemos: cómo vivían, en qué creían, a qué jugaban, por qué alzaron pirámides en los desiertos…
 
 
 
 
 
 
 
...y ciudades en las nubes.
 

Perder lo que nos dejaron los abuelos es perder nuestra propia historia. El huaqueo y el tráfico de bienes arqueológicos nos desarraiga y nos priva de saber quiénes somos y de dónde venimos. Y condena al olvido la obra de las cientos de generaciones que nos precedieron y que nos legaron tantos misterios y maravillas. 
 
 
 
Texto: Pablo Ignacio Chacón, 2021
 

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